LA GUARDIANA DE LAS ESTACAS
En un pequeño pueblo medieval escondido entre enormes montañas cubiertas de nieve existía una antigua leyenda que casi todos habían olvidado.
Según los relatos transmitidos durante generaciones, cada cierto número de años, durante una sola noche, unas criaturas monstruosas descendían desde las nubes.
Eran criaturas voladoras gigantescas, con cuerpos oscuros, enormes alas y rostros aterradores. Nadie sabía de dónde venían ni qué eran realmente. Solo se sabía que durante aquella noche recorrían el mundo provocando destrucción, haciendo desaparecer personas y dejando pueblos enteros convertidos en ruinas.
Pero la leyenda también hablaba de una forma de sobrevivir.
Las criaturas no podían acercarse a determinadas casas.
Las antiguas generaciones habían descubierto que las viviendas construidas con gruesas paredes de piedra y cuyos techos estuvieran cubiertos de estacas puntiagudas hechas con una madera especial eran capaces de mantenerlas alejadas.
Las estacas no eran simplemente una defensa.
Para las criaturas, aquellas casas parecían representar una amenaza mortal.
Si intentaban aterrizar sobre ellas, podían quedar gravemente heridas.
Durante siglos, algunas familias habían conservado aquel conocimiento en secreto. La historia había pasado de padres a hijos, escrita en libros antiguos que sobrevivieron generación tras generación.
Y uno de esos libros pertenecía a una anciana llamada Elara.
Durante muchos años, Elara había advertido a los habitantes del pueblo que la noche de las criaturas volvería.
Les decía que debían preparar sus casas.
Que debían colocar las estacas.
Que debían estar preparados antes de que aparecieran las primeras señales.
Pero nadie la escuchaba.
Para los habitantes del pueblo, Elara simplemente era una anciana obsesionada con una vieja historia.
Algunos se burlaban de ella.
Otros decían que había perdido la razón.
Incluso los niños se reían cuando la veían sobre el techo de su casa, martillando desesperadamente las estacas mientras todos la observaban desde abajo.
Una tarde, mientras Elara continuaba trabajando sobre el techo cubierto de nieve, varios vecinos se reunieron frente a su casa.
Algunos se reían.
Otros señalaban hacia ella.
El jefe del pueblo fue quien finalmente le gritó que dejara de asustar a la gente.
—Es hora de que te bajes, anciana. Jamás llegará lo que estás esperando.
Elara dejó de clavar.
Levantó lentamente el rostro hacia el cielo.
Entonces un relámpago cayó sobre una montaña lejana.
Durante un instante, todo el pueblo quedó iluminado por un resplandor blanco.
Y después...
Silencio.
Los habitantes dejaron de reír.
Desde las nubes comenzó a escucharse algo.
Primero fue un sonido lejano.
Después otro.
Y otro.
Miles de rugidos comenzaron a retumbar sobre las montañas.
No parecían pertenecer a ningún animal conocido.
El cielo empezó a oscurecerse.
Las personas miraron hacia arriba.
Entre las nubes aparecieron enormes sombras.
Miles de criaturas descendían desde el cielo.
El pueblo entero entró en pánico.
Las personas comenzaron a correr hacia sus casas.
Las puertas se cerraron.
Los niños lloraban.
Los animales escapaban aterrorizados.
Y las criaturas comenzaron a caer desde las nubes.
Algunas aterrizaron sobre los tejados.
Otras golpearon las calles.
Dos de ellas intentaron caer sobre la casa de Elara.
Pero las estacas atravesaron sus cuerpos.
Las criaturas quedaron gravemente heridas y rápidamente se apartaron.
No había sangre.
Pero el mensaje era claro.
Aquella casa no podía ser tocada.
Las demás criaturas comenzaron a rodearla.
Rugían con furia.
Aleteaban.
Golpeaban el aire.
Pero ninguna se atrevía a aterrizar sobre el techo.
Elara había tenido razón.
La casa protegida por las estacas era realmente impenetrable para ellas.
Mientras afuera las criaturas destruían el pueblo, Elara descendió del techo y regresó a su casa.
En el interior había personas refugiadas.
Todos miraban aterrorizados hacia las ventanas.
Pero Elara permanecía tranquila.
Ella sabía algo que los demás todavía no comprendían.
Aquella noche no había comenzado por casualidad.
Era el regreso de algo que llevaba siglos esperando.
Horas después, una criatura gigantesca apareció frente a la casa.
Era mucho más grande que las demás.
Su rostro era diferente.
Su cuerpo parecía pertenecer a una criatura ancestral.
Sus enormes alas cubrían parte del cielo.
Se quedó frente al cerco y observó directamente a Elara.
La anciana salió de su casa.
Los habitantes que estaban refugiados detrás de ella observaban en silencio.
La criatura rugió.
Elara no retrocedió.
La miró directamente a los ojos.
Entonces gritó:
—Aquí noooo, vuelvan adónde pertenecen.
Por unos segundos, la criatura permaneció inmóvil.
Después levantó lentamente la cabeza.
Las demás criaturas hicieron lo mismo.
Todas comenzaron a elevarse.
En cuestión de segundos, miles de criaturas ascendieron hacia las nubes como si una fuerza invisible las estuviera llamando.
El cielo volvió a quedar vacío.
Pero aquella no era la verdadera victoria.
Era apenas el comienzo.
La enorme criatura que parecía ser el líder permaneció unos segundos más frente a Elara.
Entonces habló.
Su voz no parecía humana.
Era una combinación de rugidos, respiración profunda, sonidos de roca quebrándose y una vibración tan grave que parecía hacer temblar el suelo.
La criatura miró fijamente a la anciana y dijo:
—Esta vez fueron salvados, anciana, pero quién los va a proteger en la siguiente generación.
Elara quedó completamente sorprendida.
Nunca había escuchado hablar a una de aquellas criaturas.
El monstruo extendió sus enormes alas.
Con un solo aleteo levantó una enorme nube de nieve.
Después salió disparado hacia el cielo y desapareció entre las nubes.
Elara permaneció observando el cielo.
Entonces comprendió que las criaturas no habían venido únicamente a destruir.
Habían venido a comprobar algo.
La anciana regresó lentamente hacia su casa.
Miró el antiguo libro que había heredado de sus antepasados.
Durante siglos, aquel libro había contado la historia de las criaturas.
Pero ahora Elara comprendía que había páginas que todavía no conocía.
Abrió el libro y comenzó a revisar sus páginas antiguas.
Entre las últimas hojas encontró algo que jamás había visto.
Una pequeña inscripción escrita por uno de sus antepasados.
Decía:
“Cuando las criaturas regresen y una de ellas hable con el guardián de las estacas, la primera generación habrá cumplido su misión.”
Elara se quedó inmóvil.
Debajo había otra frase.
“Pero la verdadera batalla no pertenece a quienes sobrevivieron.”
Elara pasó la página.
Había un dibujo de varios jóvenes frente a una enorme montaña.
Y debajo, una advertencia:
“Ellos serán los próximos guardianes.”
Elara comprendió entonces lo que la criatura había querido decir.
Aquella noche no era el final.
Era una advertencia.
Las criaturas habían regresado después de generaciones porque sabían que algún día los antiguos guardianes desaparecerían.
Elara sabía que no viviría para siempre.
Por eso tomó una decisión.
Durante los años siguientes comenzó a enseñar todo lo que sabía a los niños y jóvenes del pueblo.
Les enseñó a construir las casas de piedra.
Les enseñó a preparar las estacas.
Les enseñó a leer las señales del cielo.
Y sobre todo, les enseñó que nunca debían olvidar la leyenda.
Con el tiempo, el pueblo comenzó a reconstruirse.
Las casas volvieron a levantarse.
Pero ahora casi todos los techos tenían estacas.
El conocimiento que durante años había sido ridiculizado comenzó a convertirse en una tradición.
Los niños crecieron escuchando la historia de aquella noche.
En las escuelas del pueblo, los maestros comenzaron a enseñar la leyenda como parte de la historia de sus antepasados.
Muchos pensaban que las criaturas jamás regresarían.
Pero Elara sabía la verdad.
Una noche, muchos años después, ya siendo mucho más anciana, salió de su casa y miró las montañas.
El cielo estaba completamente despejado.
Entonces vio algo.
Una pequeña luz apareció entre las estrellas.
Después otra.
Y otra.
Elara comprendió inmediatamente lo que estaba viendo.
No eran estrellas.
Eran criaturas.
Muy lejos, entre las nubes, cientos de sombras comenzaban a moverse.
Elara apretó el antiguo libro contra su pecho.
Pero esta vez no tenía miedo.
Sonrió ligeramente.
Porque sabía que había preparado a la siguiente generación.
En la última página del libro había escrito una frase para ellos:
“Si algún día vuelven, no huyan de la leyenda. Recuerden lo que aprendieron.”
La cámara se aleja lentamente de Elara.
El pueblo aparece debajo de las montañas.
Cientos de casas de piedra tienen sus techos cubiertos de estacas.
En cada una de ellas hay jóvenes preparados.
Y muy arriba, entre las nubes oscuras, comienzan a escucharse nuevamente los rugidos.
Pero esta vez las criaturas no encuentran un pueblo indefenso.
Encuentran una generación que estaba esperando su llegada.
La historia de Elara había terminado.
La historia de ellos estaba a punto de comenzar.
FIN...
¿O TAL VEZ...?
CONTINUARÁ EN:
LA SEGUNDA GENERACIÓN



