LA MUJER QUE NADIE CREYÓ


Hace muchos siglos, en un pequeño pueblo rodeado de enormes bosques y montañas, vivía una joven mujer llamada Elara junto a su esposo, Darian.


Eran una pareja humilde, pero muy querida por quienes los conocían. Su pequeña casa estaba en las afueras del pueblo, cerca del bosque, donde los árboles parecían esconder secretos que nadie se atrevía a descubrir.


Una noche, mientras Elara y Darian dormían, un extraño ruido despertó a la mujer.


Al levantarse, vio por la ventana algo que jamás había imaginado.


Entre la niebla, varias criaturas enormes rodeaban su casa. Eran altas, de cuerpos cubiertos de un pelaje blanco y sucio, con garras enormes y rostros deformes. Sus ojos brillaban en la oscuridad.


Elara quiso gritar, pero antes de poder hacerlo, una de aquellas criaturas entró en la habitación.


Darian intentó defenderse, pero las criaturas lo sujetaron y se lo llevaron hacia el bosque.


Elara corrió detrás de ellos, pero la oscuridad y la niebla se lo impidieron.


Al amanecer regresó al pueblo desesperada.


—¡Se llevaron a mi esposo! ¡Vi criaturas en el bosque! ¡Eran enormes y parecían animales, pero caminaban como hombres!


Sin embargo, nadie le creyó.


Algunos habitantes se burlaron de ella.


—Elara está perdiendo la razón.


—Seguro su esposo huyó y ella inventó esa historia.


—Esas criaturas no existen.


Durante días, Elara recorrió el bosque buscando alguna señal de Darian, pero no encontró nada.


Hasta que una tarde conoció a un anciano llamado Aldric.


El hombre vivía solo en una pequeña cabaña y parecía saber mucho más de lo que decía.


Cuando Elara le contó lo ocurrido, el anciano se quedó en silencio.


Después de unos segundos, le preguntó:


—¿Viste criaturas blancas con grandes garras?


Elara quedó sorprendida.


—Sí. ¿Usted las conoce?


El anciano respiró profundamente.


—Esas criaturas aparecen cada muchos años. Son los Guardianes de la Niebla. Se llevan a las personas que encuentran cerca del bosque.


—¿Volverán?


El anciano la miró con preocupación.


—Sí. Y esta vez no volverán solamente por tu esposo.


Elara sintió un escalofrío.


—¿Por quién?


—Por ti.


El anciano le reveló que las criaturas regresarían durante la noche de la Luna Roja.


—Cuando llegue esa noche, clava estacas alrededor de tu casa. Deben formar un círculo completo. No dejes ningún espacio abierto.


—¿Y eso las detendrá?


—No para siempre. Pero te dará protección.


Elara regresó al pueblo y comenzó a preparar su casa.


Construyó decenas de estacas de madera y las colocó alrededor de toda la propiedad.


Los habitantes se reían cada vez que la veían trabajar.


—¡Miren a la loca de las estacas!


—¡Está preparando una guerra contra animales imaginarios!


Pero Elara no escuchó a nadie.


Pasaron los días.


Finalmente llegó la noche de la Luna Roja.


El cielo se volvió oscuro y una enorme luna rojiza apareció sobre las montañas.


El pueblo quedó en silencio.


Entonces se escuchó un rugido proveniente del bosque.


Después otro.


Y otro más.


Los habitantes salieron de sus casas.


Entre la niebla comenzaron a aparecer las criaturas.


Eran enormes, mucho más grandes que cualquier oso conocido. Su pelaje era blanco, pero estaba cubierto de barro y manchas oscuras. Caminaban sobre dos patas y sus rostros parecían una mezcla de bestia y humano.


El pueblo entero entró en pánico.


Las criaturas comenzaron a acercarse a las casas.


Los mismos habitantes que se habían burlado de Elara corrieron desesperados.


Pero las criaturas no podían acercarse a la casa de Elara.


Cada vez que intentaban cruzar las estacas, retrocedían lanzando horribles rugidos.


Elara recordó las palabras del anciano.


Había preparado varios recipientes con una mezcla de hierbas, cenizas y resinas que, al quemarse, producían un humo espeso.


Encendió los recipientes y comenzó a llevarlos cuidadosamente hacia las ventanas.


El humo salió de la casa y se extendió por las calles.


Las criaturas comenzaron a retroceder.


El humo parecía hacerlas sufrir.


Entonces Elara comprendió que podía salvar al pueblo.


Salió de su casa protegida por las estacas y comenzó a colocar los recipientes de humo alrededor de las calles.


Las criaturas huyeron hacia el bosque.


Los habitantes, sorprendidos, comenzaron a seguirla.


Por primera vez, todos comprendieron que Elara nunca había estado loca.


Pero cuando parecía que todo había terminado, un rugido mucho más fuerte hizo temblar la tierra.


Desde el bosque apareció una criatura gigantesca.


Era el líder de los seres blancos.


Y entre sus enormes garras llevaba a Darian.


Elara gritó:


—¡Darian!


Su esposo estaba vivo, pero apenas podía mantenerse consciente.


El monstruo avanzó hacia ella.


Elara tomó una antorcha y se colocó frente a la criatura.


—¡No te lo llevarás otra vez!


La bestia rugió y se lanzó contra ella.


Pero justo en ese momento, todos los habitantes encendieron los recipientes de humo.


Una enorme nube cubrió el pueblo.


Las criaturas comenzaron a retroceder.


El anciano Aldric apareció entre la multitud y gritó:


—¡Ahora! ¡Todos juntos!


Los habitantes levantaron sus antorchas y avanzaron.


Las criaturas, debilitadas por el humo, huyeron hacia el bosque llevando consigo a su líder.


Darian cayó al suelo.


Elara corrió hacia él y lo abrazó con lágrimas en los ojos.


—Pensé que nunca volvería a verte.


Darian apenas pudo sonreír.


—Sabía que vendrías por mí.


A la mañana siguiente, el pueblo entero estaba reunido frente a la casa de Elara.


El mismo hombre que se había burlado de ella bajó la cabeza avergonzado.


—Perdónanos. Tú intentaste advertirnos y nadie quiso escucharte.


Elara simplemente respondió:


—No quiero que me crean porque tengan miedo. Quiero que aprendan a escuchar cuando alguien intenta advertirles de un peligro.


Desde aquel día, el pueblo nunca volvió a burlarse de Elara.


Las estacas permanecieron alrededor de su casa durante muchos años, como recordatorio de aquella noche.


Y cada vez que aparecía niebla sobre el bosque, los habitantes cerraban sus puertas y encendían los antiguos recipientes de humo.


Porque todos sabían que 

las criaturas blancas no habían desaparecido.


Simplemente habían regresado al lugar donde pertenecían.


Y, según el anciano Aldric, algún día volverían.


Pero esa vez...


El pueblo estaría preparado.