LA MUJER QUE NADIE CREYÓ

PARTE 2 — LA HISTORIA CONTINÚA


El enorme caballo frisón blanco, Trueno, permanece frente a la joven dentro del corral. Los hombres que rodean el lugar todavía se encuentran sorprendidos por la seguridad de aquella muchacha que se atrevió a desafiar al caballo que nadie había podido domar.



Un vaquero, entre risas y con tono desafiante, mira hacia los demás y grita:


—Que él show comienze señores.. veamos que pasa.


Las risas de los hombres comienzan a apagarse poco a poco mientras todos fijan su atención en la joven.


Ella respira profundamente.


No intenta demostrar que es más fuerte que Trueno.


Tampoco quiere enfrentarlo.


Simplemente quiere entenderlo.


Trueno vuelve a levantarse sobre sus patas traseras, furioso, relinchando con fuerza.


Los hombres observan con preocupación.


Pero la joven no retrocede.


En lugar de enfrentarlo, se coloca de rodillas sobre una sola pierna y levanta lentamente su mano derecha hacia el caballo.


No intenta tocarlo.


No lo mira directamente a los ojos.


Baja la mirada hacia el suelo para no intimidarlo.


Durante unos segundos, todo queda en silencio.


Trueno continúa sobre sus patas traseras.


Entonces, al quinto segundo, el enorme caballo comienza a bajar lentamente.


Sus cuatro patas vuelven a tocar el suelo.


Ya no parece estar atacando.


Ahora observa a la joven.


Ella mantiene su mano extendida.


Trueno lanza un relincho mucho más tranquilo.


Mira la mano.


Da unos pasos lentamente hacia ella.


Los hombres dejan de reír.


Nadie entiende lo que está sucediendo.


El caballo se acerca cada vez más.


Finalmente, baja la cabeza y huele la mano de la joven.



Ella permanece completamente tranquila.


Trueno acerca su cabeza hasta la mano.


Por primera vez, permite que alguien se acerque sin reaccionar con violencia.


La joven comienza a levantar lentamente la cabeza.


Ahora sí mira directamente al caballo.


Con una voz suave, tranquila y llena de confianza, le dice:


—Tranquilo Trueno.


Los hombres permanecen completamente sorprendidos.


Nadie esperaba que aquello fuera posible.


La joven continúa de rodillas frente a él, acariciando lentamente su confianza sin intentar dominarlo.


Después de unos instantes, comprende algo.


Trueno no era malo.


No era un animal agresivo sin razón.


Había algo que lo estaba haciendo reaccionar de aquella manera.


La joven se levanta lentamente y continúa observándolo.


Entonces decide confiar en lo que acaba de descubrir.


Mira hacia los hombres y señala el portón.


Con voz firme dice:


—No eres malo trueno...me dí cuenta que solo quieres ser libre un momento...y correr por el campo.. libre.


Los hombres se miran entre ellos.


Algunos creen que la joven simplemente se ha dejado llevar por la emoción.


Pero ella está convencida.


Se gira hacia uno de los vaqueros y señala el portón del corral.


—Abran ese portón... él necesita espacio para correr... luego volverá...solo dejen abierto ese portón.


El ambiente cambia inmediatamente.


Algunos hombres dudan.


Otros comienzan a murmurar.


Pero antes de que puedan hacer algo, aparece el capataz.


Camina con actitud autoritaria hasta quedar frente a la joven.


Es un hombre acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes.


Mira a la joven con molestia.


Ella permanece junto a Trueno.


El capataz se detiene aproximadamente a un metro y medio de ambos.


Entonces le dice:



—Que pasa contigo jovencita...quien eres para dar esa orden..yo soy el capatáz..yo doy las órdenes aquí...el caballo se queda encerrado acá.


La joven lo observa.


Su rostro refleja decepción.


Niega lentamente con la cabeza, desaprobando sus palabras.


No responde.


Pero Trueno sí lo hace.


El caballo lanza un poderoso relincho.


Se enfurece nuevamente.


Se eleva sobre sus patas traseras, levantando polvo.


El capataz observa al enorme frisón.


Su expresión arrogante desaparece.


Por primera vez, parece tener miedo.


Los hombres retroceden ligeramente.


La joven permanece en su lugar.


Trueno vuelve a bajar sobre sus cuatro patas.


Entonces una voz masculina se escucha desde fuera del corral:


—¡Que está pasando aquí señores!


Todos voltean.


La cámara revela a un joven de aproximadamente treinta años.


Es elegante, pero lleva una vestimenta de campo fina.


Lleva un sombrero con un pequeño logo de caballo.


Tiene una apariencia amable, ojos verdes y una barba corta y bien marcada.


Su presencia hace que todos guarden silencio.


El joven camina hacia donde están la chica, Trueno y el capataz.


El capataz lo reconoce inmediatamente.


Su actitud cambia.


El joven se acerca y mantiene una distancia prudente del caballo.


El capataz, todavía molesto, aprovecha para explicar lo sucedido.



—Señor...ésta jovencita apareció de la nada y quiere que soltemos a trueno a campo abierto...ella no sabe que cuesta millones de dólares.


El joven escucha sin interrumpir.


Primero mira a la joven.


Después dirige lentamente sus ojos hacia el capataz.


Su expresión permanece tranquila.


Pero su mirada demuestra autoridad.


Entonces dice:


—Abran el portón.


Todos quedan sorprendidos.


El capataz no puede creer lo que acaba de escuchar.


La joven también observa al joven con sorpresa.


Un vaquero se prepara para obedecer.


Pero el joven todavía mantiene la mirada sobre el capataz.


El ambiente queda completamente en silencio.


El capataz comprende que aquella orden no es una sugerencia.


Es una decisión.


El joven da media vuelta y vuelve a mirar al capataz de frente.


Con autoridad repite:


—Abran ese portón.


La cámara acompaña su movimiento manteniéndolo de frente.


El capataz queda sorprendido.


Después baja ligeramente la cabeza y responde con voz temblorosa y respetuosa:


—Sí señor.


Uno de los vaqueros corre rápidamente hacia el portón.


Lo abre.


El sonido de la madera al abrirse rompe el silencio del corral.


Trueno observa la abertura.


Durante un instante permanece inmóvil.


La joven lo mira.


Parece comprender lo que está a punto de hacer.


Entonces Trueno comienza a correr.


Sale únicamente por el portón abierto.


Los hombres se apartan.


El caballo atraviesa la salida y comienza a correr libremente por el campo.


La joven permanece dentro del corral observándolo.


El joven también lo observa.


El capataz queda inmóvil, contemplando cómo Trueno se aleja.


La cámara comienza a elevarse lentamente sobre el corral como si fuera un dron.


Desde arriba se observa al enorme caballo blanco corriendo por el campo, levantando polvo mientras se aleja.


Los personajes permanecen dentro del corral mirando hacia él.


Nadie habla.


Por primera vez, Trueno corre sin que nadie intente detenerlo.


Y entonces sucede algo inesperado.


Después de avanzar por el campo, Trueno reduce poco a poco la velocidad.


Se detiene a cierta distancia.


Levanta la cabeza.


Y mira hacia atrás.


Hacia el corral.


Hacia la joven.


Ella lo observa en silencio.


Una pequeña sonrisa aparece en su rostro.


Había tenido razón.


Trueno no quería escapar.


Solo quería sentirse libre.


Pero la joven todavía no sabía algo.


El joven que acababa de ordenar abrir el portón conocía mucho más sobre Trueno de lo que había dejado ver.


Y su llegada al corral no había sido una casualidad.


El capataz tampoco entendía por qué aquel hombre había permitido que el caballo saliera.


La joven comienza a mirar al joven con curiosidad.


Él permanece observando a Trueno.


Hay algo en su expresión que deja claro que aquella historia todavía guarda un secreto.


Porque Trueno no era simplemente un caballo que valía millones de dólares.


Detrás de su comportamiento había una historia.


Una historia que todavía nadie en aquel corral conocía completamente.


Y ahora la joven había conseguido algo que durante años parecía imposible:


Trueno había confiado en ella.


Pero esa confianza apenas era el comienzo.


La joven había demostrado que no siempre hace falta fuerza para conseguir que alguien cambie.


A veces hace falta escuchar.


Comprender.


Y respetar la libertad del otro.


ENSEÑANZA:


No debemos juzgar a alguien solamente por la manera en que reacciona ante nosotros.


A veces detrás de una actitud agresiva existe miedo, dolor o simplemente una necesidad que nadie se ha detenido a comprender.


La joven no intentó vencer a Trueno.


Intentó entenderlo.


Y fue precisamente eso lo que consiguió que el caballo confiara en ella.


Pero mientras Trueno permanecía en medio del campo mirando hacia el corral, una nueva pregunta comenzaba a surgir:


¿Por qué un caballo que valía millones de dólares había llegado a convertirse en un animal que nadie podía controlar?


Y, sobre todo...


¿Por qué aquel joven millonario parecía conocer la respuesta?


La joven todavía no lo sabía.


El capataz tampoco.


Pero la verdad estaba a punto de salir a la luz.


La historia de la mujer que nadie creyó apenas estaba comenzando.


CONTINUARÁ...

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